El clavo que selló mi ataúd

Tengo 76 años y nací en Lima, Perú. Soy soltero y tengo dos hijos, uno de 45 años de edad y una hija de 35, mas no he sabido nada de ellos en más de 30 años. Mi familiar más cercano es (¿o era?) mi hermana de 65 años, la cual estaba hospitalizada a causa de cáncer de mama desde antes de mi viaje a Hong Kong. Ahora no sé si sigue con vida pues no tengo cómo llamar, ya que no recuerdo los números porque están en el teléfono que la policía incautó y no hay forma de obtenerlo de vuelta o poder pedir los números, ya que hace parte de la evidencia.

Yo vivía en Lima en una casa de herencia familiar, pero me fue robada por mala gente y quedé viviendo en la calle. No tenía trabajo ya que a mi edad es difícil encontrar empleo. A veces cuidaba carros y podía conseguir para comer y poder dormir en un hotel de 20 soles la noche (algo así como 8 dólares USD). A veces tenía que pedir comida en algún restaurante cuando ya estaban por cerrar.

Justo un día de esos, un hombre me vio en el restaurante pidiendo comida. Recuerdo que me miraba fijamente y, al yo salir, él me salió al encuentro a pocos metros de allí y me llamó.

Me dijo que si estaba buscando trabajo y le respondí inmediatamente que claro, que lo que fuera, así que me dijo que al día siguiente a las 10 am estaría en ese mismo restaurante y me invitaba a tomar café y hablaríamos del trabajo.

A la mañana siguiente llegué a las 9 am al restaurante muy animado a esperar a esa persona, pensando a veces si vendría o no, pero llegó tipo 10:20 am. Nos sentamos y me dijo que pidiera para comer lo que quisiera.

Rápidamente entró en el tema y me preguntó si yo había viajado fuera del país alguna vez. Le dije que solo a Chile, a donde un familiar, hace muchos años, y me dijo “¿pues ahora le interesaría viajar a Hong Kong?” Yo le pregunté a dónde quedaba, y me dijo que “muy lejos, a 48 horas de avión desde Perú y por ese motivo ganarás muy bien y en dólares americanos”. Yo le pregunté “¿más cuál es el trabajo?” Tal cual él rápidamente me respondió:

“Mire, a su edad usted sabe muy bien que es imposible que le den trabajo y no creo que quiera seguir viviendo en la calle, ¿cierto?” Yo le contesté que tenía razón, mas también estaba percibiendo que había algo raro, y le dije “mas si es algo ilegal yo no soy para esas cosas, estoy muy viejo y nunca o no creo tenga coraje para hacer algo ilegal”.

“¡Más esto es muy fácil! Por su edad no van a sospechar nada” y me explicó que llevaría cocaína líquida en el estómago, que así es indetectable en caso me hicieran rayos X. Yo le respondí “¡No! Es muy peligroso… si no me muero, iré preso mínimo”, “No ¡tranquilo!” respondió, “ya hemos hecho esto varias veces” y me mostró fotos de varios pasajes de avión que decían Hong Kong, mas yo quedé un poco en shock. Me dejó muy sorprendido ese tal trabajo, por lo que yo le dije que no, que era muy peligroso. “Sufro del estómago, me dio muchos nervios desde ya, creo que no soy capaz de hacer algo así”. Me dijo “Ok. Tranquilo, piense y si cambia de opinión me llama”. Me despedí y me regaló 100 dólares. Traté de rechazarlos, pero me insistió. Los tomé y con eso pude alquilar un cuarto por un mes.

Pasado más o menos un mes, me llamó mi hermana. Estaba hospitalizada porque le habían detectado cáncer de seno. Al parecer estaba muy avanzado. Fui a visitarla y la vi muy mal. Tuve que comprarle algunas cosas de hospital como algodón y sueros porque la salud pública en Perú es así. La persona que está hospitalizada debe comprar las medicinas e insumos como algodones, gasas, etc. de antemano o no se le atiende.

Ella me explicó que tenían que operarla para extirparle un seno y necesitábamos dinero para pagar la cirugía y las medicinas para el tratamiento. Cayó en mí la responsabilidad de ver cómo solucionar esa situación. Mi única idea, después de tanto pensar, fue aceptar el maldito viaje a Hong Kong. Pensé que no tenía otra alternativa, pues no tengo comunicación con ningún otro de mis familiares e hijos. Pensé por desdicha que el único que me había ofrecido ayuda fue ese hombre que me propuso el viaje y me dio 100 dólares. Me sentí un poco amparado por él, como la única persona en el mundo a la que le puedo pedir ayuda. Lo llamé y me atendió inmediatamente. Me citó al día siguiente y nos encontramos. Se puso feliz, me dio 500 dólares para comprar ropa, cortarme el cabello, comprar mi maleta, y le llevé 300 dólares a mi hermana. Le compré algunas cosas, y le dije que no se preocupara, que ya estaba solucionando el dinero que hacía falta, y que volvería en una semana porque iba a trabajar y reunir el dinero. Su semblante cambió, muy aliviada, así que salí con más ánimo. Lo único que dije fue “Que Dios nos proteja”.

Al siguiente día el hombre me recoge en un taxi y me lleva a una casa donde había otras 3 personas más. Me enseñaron unas bolsitas con un líquido dentro y una persona se traga una y me pide prestar atención para yo aprender. Después me dan una con un líquido que no era droga, era agua para hacer una prueba, según ellos. Y así fue, intenté 5 veces pero se me hacía difícil pasarlas. La sexta vez pasó, intenté otra y la pasé también.

Ellos me dijeron que estábamos listos, que ya mismo iban a comprar el pasaje para salir lo más pronto posible. Me dieron indicaciones de cuándo salir del aeropuerto, tomar un taxi al hotel y esperar una llamada. Solo me dieron la dirección del hotel y 300 dólares.

Adiós perú, adiós familia

Al segundo día todo estaba listo. Me despertaron a las 4 am para empezar a engullir las bolsas poco a poco. Me puse nervioso mas traté de reponerme tomando aire y pensando en mi hermana. El vuelo era a las 3 de la tarde. Me dieron nuevamente las indicaciones y me montaron al taxi directo al aeropuerto. Me sentí con ganas de vomitar por la ansiedad, pero ese estado iba y venía. Solo pensaba en mi hermana saliendo del hospital.

Al fin llegué al aeropuerto. Pasé los controles y subí al avión. Estaba pensando en las palabras del hombre “por su edad nadie sospechará” así que me sentí un poco confortable y me dije “creo que va a funcionar”. Ya en el avión de 48 horas, rumbo a Hong Kong con dos escalas. Las primeras horas no fueron tan difíciles. Dormí un poco y llegamos a la primera escala y es entonces donde me comienzo a sentir incómodo, con malestar y con ganas de vomitar, mas trataba de controlarme. Salimos rumbo a Dubái, 15 horas de vuelo más. Cada vez el malestar estaba aumentando, trataba solo de dormir para no sentir nada. Cuando llegamos a la siguiente escala, yo estaba muy mal. Estaba sintiendo que todo se me devolvía. Pensé en sacarlo todo y botarlo por el baño, mas pensé que ya había recorrido mucho camino, ya era tarde y estos hombres no me iban a creer que tuve que botarlo. Sumando la imagen de mi hermana en el hospital, cogí fuerza y continué.

Cuando aterrizamos en Hong Kong, salí del avión, caminé por no más de 10 minutos cuando me abordaron dos policías. Me estaban esperando, no sé cómo explicarlo. No entendía nada de lo que me hablaban, yo no hablo inglés, y menos cantonés. Simplemente me llevaban de un lugar a otro.

Me sentía transportado, no sentía miedo exactamente, creo que sabía que iría preso, mas mi preocupación no era yo, era mi hermana. Sentía que todo el mundo se caía sobre mí y mi hermana. Ahora ¿quién iría por ella? ¿Quién la ayudaría? ¿Cómo iba a hacer yo ahora tan lejos de todo y sin entender ni una sola palabra de lo que me estaban hablando? No podía creer lo que estaba pasando, cómo todo estando tan mal para mí se pone mucho peor. Yo solo quería ver a mi hermana recuperada primero, mas ahora estoy preso y no sabía que en Hong Kong se castiga con penas muy altas.

Aquí en una cárcel de Hong Kong somos despojados absolutamente de todo: sus ropas, sus comidas, su música, su familia. Solo 10 minutos detrás de una cabina con vidrio y por teléfono es la relación que tú tienes con una visita. La cama sin colchón es dura, te duelen los hombros, la cadera, todo, depende de cómo quedes dormido. El brazo izquierdo está quebrado igual que la pierna derecha, entonces me duele todos los días, no puedo cargar peso, más los conflictos de convivencia con personas de otras culturas que tienen costumbres diferentes es el gatillo para las peleas.

Si alguien lee esta carta, por favor, por el amor de Dios, nunca en su vida, por más que le ofrezcan millones, no acepte traer drogas a Hong Kong.

Nota: Esta carta ha sido editada. Se han hecho correcciones gramaticales y de ortografía para mejorar la redacción de la misma.