Antes confiaba fácilmente en las personas, pensando que todos eran buenos. Quizás por mi ingenuidad y falta de experiencia. Nací en una familia respetable durante una época difícil en mi país, marcada por conflictos y crisis. Esto nos obligó a cambiar de lugar constantemente.
Estudié desde niño con la meta de ser profesional. Me gradué, cumplí mi servicio militar, y luego ingresé a la universidad para estudiar ingeniería comercial. Trabajaba de día en seguridad privada y tenía varios amigos cercanos de la universidad.
No entendía cómo operaban los negocios ilegales ni cómo personas aparentemente buenas engañaban y manipulaban profesionalmente a otros.
Un amigo de confianza me presentó a otras personas en una fiesta. Compartimos fines de semana y viajes.
Durante unas vacaciones, me encontraba paseando en São Paulo cuando recibí una llamada de mi amigo, quien me habló acerca de unos conocidos que tenía en Brasil y que eran muy buenas personas que me podrían hospedar en su casa. Acepté quedarme unos días y mi amigo me dijo que ellos me llamarían, ya que les había pasado mi número.
Pasadas unas horas me llamaron y les pasé mi ubicación. Vinieron a recogerme en una camioneta negra y me llevaron a su casa dentro de la favela, un lugar donde ni la policía entra y donde grupos criminales operan con sus propias leyes. Allí, solo puedes obedecer o enfrentar consecuencias fatales.
Da miedo ese lugar porque hay muchos delincuentes con armas de fuego que roban, secuestran y matan. Empecé a sospechar que algo no andaba bien y que estos conocidos no eran buena gente.
Una vez llegado a su casa, me atendieron bien, me dieron un buena habitación y comida. Solo que no me dejaban salir afuera y tenían la puerta cerrada con llave. Cuando quería salir a comprar a la tienda no me dejaban, diciendo que era muy peligroso porque había muchos delincuentes y se escuchaban disparos.
Me decían: “Dime qué quieres comprar, yo voy a comprarlo por ti. Anota lo que quieras en esta hoja de papel.”
Después me hablaron sobre Dubái, que es una ciudad muy elegante y lujosa, y que si yo quería viajar allá, ellos pagarían mi pasaje de ida y vuelta más el hotel de hospedaje. Me sorprendí y les pregunté si era en serio. Me respondieron que sí y me pidieron mi pasaporte para comprar el pasaje.
Les pasé mi pasaporte y uno de ellos fue a comprar el pasaje. Más tarde llegó con el tiquete de vuelo: Brasil a Dubái y Dubái a Hong Kong de ida y vuelta.
Le dije: “¿Por qué a Hong Kong también? Si solo dijimos a Dubái.” Ellos empezaron a cambiar de cara y de personalidad, y yo me asusté. Empezaron a dar tiros al aire y a gritar: “¡Solo escúchame y hazme caso a lo que te voy a decir!”
Cuando llegó el día del viaje, trajeron una bolsa de color negro que en su interior contenía unas cápsulas de color blanco. Pregunté qué eran esas cosas y me respondieron que eran medicinas.
Fui usado como objeto para traficar, bajo coacción. Estuve prácticamente secuestrado.
Me obligaron a tragarlas y yo no quería hacerlo para nada. Empezaron a amenazarme de muerte. Cuando me quise escapar, me sostuvieron entre varios y en el forcejeo me golpeé la boca contra la cabeza de uno de ellos y me rompí un diente.
Después intenté llamar por teléfono y cuando estaba llamando, me quitaron el teléfono móvil y lo rompieron golpeándolo contra el piso. Me dijeron: “Tú no puedes llamar a nadie. Si vuelves a llamar a alguien te vamos a matar y de aquí vas a salir sin vida. Es mejor que nos obedezcas y empieces a tragar esas cápsulas.”
Uno de ellos me dijo: “Yo te voy a ayudar, hermanito.” Me hizo tragar las cápsulas con un instrumento que hizo doblando mi cepillo dental después de calentarlo. Mi celular quedó con la pantalla rota, mi cepillo doblado con fuego y mi diente roto.
Así me tomé esas cápsulas a punta de amenazas de muerte dentro de la favela. Cuando terminé de tragar, me llevaron al aeropuerto de Guarulhos de São Paulo.
Me dijeron que no hablara con nadie y que uno de ellos me seguiría por detrás observándome en la trayectoria, y que yo no dijera a nadie que uno de ellos me seguía.
En el avión tenía fuerte dolor de estómago. Algunas cápsulas las vomité.
Cuando llegué a Hong Kong, me preguntaron de dónde venía en la aduana y me obligaron a firmar algunos papeles para ir al hospital a hacerme unos rayos X. En el hospital, el traductor resolvió por mí las preguntas que el inspector me tomó como declaraciones.
Mi Reflexión
Nunca pensé que estaría en prisión, pero todo pasa por alguna razón. Confiar en personas equivocadas me trajo aquí.
Solo tenía la mentalidad de un estudiante que quería ser profesional y vivir tranquilo. Este shock me enseñó que no todo es bueno en la vida y era necesario conocer esta experiencia para entender mejor.
Siempre viví bien, estudié y actué correctamente. Ahora entiendo que la vida tiene tiempo limitado y debemos valorarlo.
Todo tiene su tiempo y siempre podemos mejorar. Esta experiencia me enseñó mucho sobre la vida y me dio esperanza de que todo es temporal, incluso las dificultades.
Entiendo ahora que existen grupos organizados en todo el mundo. Yo soy una víctima inocente. Los verdaderos culpables son los grupos que venden drogas y coordinan con los carteles.
Pido a las autoridades que comprendan mi situación. Solo soy un estudiante que necesita regresar a su país para continuar sus estudios.
Nota: Esta carta ha sido editada. Se han hecho correcciones gramaticales y de ortografía para mejorar la redacción de la misma.









